El muñeco que juzga
Cuando la desprotección judicial se convierte en un avatar digital

La hora de la audiencia se aproxima. Es un caso de crimen organizado y corrupción. La prensa y la sociedad están a la expectativa de lo que ocurra. El secretario registra la presencia de todas las partes procesales en la sala. Ingresan el fiscal, las defensas y los procesados. En la pantalla aparece un avatar. Es el juez. Un muñeco virtual.
Esta no es una imagen extraída de algún videojuego.
El 7 de agosto de 2026, el Consejo de la Judicatura aprobó la utilización de lo que ha denominado «representación gráfica digital» o «avatar» para «sustituir la imagen física del juzgador durante una audiencia telemática». La finalidad es –según lo dice el protocolo– «reducir la exposición de la identidad biométrica del operador de justicia» para precautelar su seguridad personal o familiar.
El Consejo de la Judicatura cree que ocultando al juez lo protege. Lo que olvida es que sus dos nombres y dos apellidos ya constan en el acta de sorteo de cada causa. Su identidad es clara. En internet se puede encontrar toda la información que se ha dicho sobre él. Las imágenes del concurso público están al alcance de cualquiera en Google. El avatar no puede esconder lo que ya se sabe.
Los jueces son personas de carne y hueso que participan en la academia, conferencias, reuniones, caminan en la calle y, en general, tienen vida social. No son una abstracción digital que habita en el metaverso. ¿Qué propone el Consejo de la Judicatura para protegerlos en aquellas circunstancias? ¿Un antifaz físico y ya no virtual?
A los jueces, fiscales y funcionarios judiciales los están matando y está documentado. Son 26 asesinatos desde 2020. Ningún avatar los habría salvado de los proyectiles que atravesaron sus cuerpos. En la vida real, allí donde la gente muere, se necesita mucho más que un muñeco. Protección efectiva. Todo lo que el Estado nunca les dio. En la calle no está en juego la foto. Está en juego la vida.
Más allá de la ineficacia de esta medida, ver al juez no es un simple detalle de la audiencia. Es una conquista histórica contra la arbitrariedad judicial del Antiguo Régimen. Mirabeau –en el contexto de la Revolución Francesa– dijo «dadme un juez que vosotros queráis, parcial, corrupto, incluso mi enemigo, si queréis; no me importa, siempre que él no pueda actuar más que ante la cara del público». Sí, de cara al público.
Los buenos jueces no se construyen desde el anonimato. No buscan un antifaz ni la opacidad. Son conocidos con nombre, apellido y rostro. Y esto les ha permitido llegar a donde están. ¿Podemos imaginar a prestigiosos magistrados de la Corte Interamericana de Derechos Humanos o la Corte Penal Internacional utilizando una máscara para dirigir sus audiencias? Esto suena a parodia. En Ecuador es real.
Los delincuentes se mueven entre las cloacas, donde no llega la luz. La corrupción no se deja ver. El ejercicio del poder de juzgar es incompatible con la oscuridad. Son mundos completamente opuestos que conviene separar con claridad. La respuesta a un poder oculto no puede ser más opacidad. Bobbio lo dice muy bien, «la democracia es idealmente el gobierno de un poder visible». El juez debe dar la cara y el Estado le debe dar seguridad.
Concluye la audiencia. El avatar con toga acaba de leer la decisión. Todos culpables. Abandona la sala de Zoom y apaga el computador. Deja el mundo virtual y vuelve a la realidad. Como todos los días, sube a su vehículo sin protección y avanza. Sabe que en la calle no tiene máscara ni cristales blindados. En el segundo semáforo lo espera una motocicleta. Su usuario y contraseña pronto serán reemplazados con la llegada de un nuevo empleado.